Ultimo Viaje

ultimoviaje




El 6 de junio cumplió setenta y un años. Para todos los miembros de la Casa de la Anunciación de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo fue una ocasión extraordinaria.

Generalmente, en su cumpleaños, el padre Emiliano estaba de viaje predicando en diferentes lugares. Por eso, cuando vieron en su calendario de compromisos que ese año estaría en Santo Domingo, la Comunidad Siervos de Cristo Vivo le preparó una gran fiesta de cumpleaños a la cual asistirían los hermanos de la Comunidad, así como los Misioneros del Sagrado Corazón y muchos amigos personales del padre Tardif.

Con cuánta ilusión y cariño se preparó todo! Cada detalle cuidadosamente programado para que la fiesta fuera un verdadero éxito y él pudiera disfrutar su día y cada momento del agasajo.

Poco a poco fueron llegando los invitados y, finalmente, se comenzó con la celebración de la Eucaristía presidida por el Provincial de los Misioneros del Sagrado Corazón, padre Darío Taveras y concelebrada por el padre Emiliano y el padre Jorge Bravo, S. J., acompañados por el diácono Evaristo Guzmán.

Toda la casa estuvo engalanada para la fiesta. Las orquídeas lucían su belleza y sus colores adornaban hermosamente el comedor de la Comunidad. En la cara de los presentes, una sonrisa de felicidad por el cariño que todos le tenían al padre. El, en medio de todos, parecía un niño, con ese gesto característico de batir alegremente las palmas de las manos dos o tres veces y luego llevarlas, en gesto de sorpresa, hacia su boca.

Parecía un niño gozando de cada momento.


La Eucaristía llenó de emoción a todos. Las canciones que a él le gustaban se escucharon entonadas por el coro y seguidas a voz en cuello por todos los asistentes.

Hermosas las palabras de sus superior provincial, el padre Darío, tan llenas de cariño y, en algún momento, de jocosidad, relatando un poco detalles de la vida sacerdotal del padre Tardif.

Las ofrendas tocaron profundamente los corazones de los presentes a medida que iban escuchando los comentarios por el micrófono de lo que significaban cada una.


Ofrecieron una paloma blanca como símbolo de la paz que el padre Emiliano, mensajero de paz, llevaba a tantos países, paz que es también símbolo de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo. Se ofrecieron unas rosas como símbolo de tantas flores cultivadas por el padre durante tantos años y entre tantas personas alrededor del mundo, pidiéndole al Señor que le permitiera continuar seguir trabajando para Su Reino. También, representado en la ofrenda, el globo terráqueo que él siempre tenía en su habitación y que él siempre tenía en su habitación y que hoy conserva con cariño la Comunidad, como símbolo de los setenta y dos países a los cuales el padre Emiliano viajó llevando el mensaje del Evangelio. Otra ofrenda fueron sus tres libros: “Jesús está Vivo”, “Jesús es el Mesías” y “La Vuelta al Mundo sin Maleta”, libros que habían sido traducidos a más de veinte y dos idiomas y que al leerlos, tantos se habían llenado de nueva esperanza, de una nueva vida, hasta el punto de que algunos habían deseado, al morir, ser enterrados con ellos. Y por último, se ofrecieron unos videos y cintas como símbolo de la Palabra de Dios transmitida y difundida en tanto países a través de los medios de comunicación, gran anhelo del padre Emiliano de que la Palabra de Dios llegara hasta los confines de la tierra.

Al final, el mismo padre Emiliano también compartió unas palabras donde contó como había sido llamado al sacerdocio a los doce años cuando había escuchado al misionero dominico que partía al Japón, dato que se menciona en otra parte de este escrito. “Algún día yo también seré misionero" había sido su respuesta en lo profundo de su corazón.

Luego al terminar la Eucaristía, todos pasaron al comedor donde se ofreció un almuerzo que fue bendecido por el padre Tardif, como siempre lo hacía. “Bendícenos Señor y bendice estos alimentos que vamos a tomar para seguir evangelizando”. Luego, con voz fuerte, dijo :“Todos a evangelizar”. Y es que todo en su vida era enfocado hacia este llamado de proclamar al Cristo Vivo que veintiséis años antes lo había rescatado de las garras de la muerte y lo había hecho, por la fuerza de Su Espíritu, un testigo con poder.

Como un niño le vieron lucir su pequeño sombrero de pico de cartón azul, típico de los cumpleaños infantiles, el que usó graciosamente durante toda la fiesta, al igual que todos los invitados. Los regalos, traídos con tanto amor por los hermanos, fueron llenando una carretilla que él después arrastró para posar para las fotos, pero no abrió ninguno. Todos quedaron colocados sobre su cama en la habitación que también hacía de oficina, ya que a la una del mediodía tuvo que partir, junto a Evaristo, hacia el aeropuerto a tomar el avión que lo conduciría primero a Miami y luego, desde allí, hacia Argentina.

”Creo que voy a morir pronto pues nunca había yo tenido una celebración de cumpleaños tan bella”, dijo. “Yo no sabía que ustedes me querían tanto”. Y es que el padre era tan humilde que no era capaz de darse cuenta de cuánto le amaban, le respetaban, el tesoro tan grande que ellos sabían que él era y con el que Dios les había bendecido.

Y así le vieron partir para su último viaje, mientras le despedían entre sonrisas, saludos y los mejores deseos, mientras veían el auto partir. !Quién les iba a decir que unos días después lo recibirían entre lágrimas y sollozos, con los corazones quebrantados por el dolor de su partida de en medio de ellos!

Cuando llegó a Miami fue recibido por los hermanos de la Casa de la Anunciación de esa ciudad y, como su vuelo hacia Argentina no partía hasta las diez de la noche, lo llevaron a cenar a un restaurante, donde, como sorpresa, también le celebraron su cumpleaños, uniéndose todos los camareros a entonar junto a los asistentes, la clásica melodía del “Cumpleaños feliz, te deseamos a ti”.


Texto extraído del Libro: "Un Hombre de Dios" (por María A. Sangiovanni).