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Viajes - Historias

Por eso en los cinco continentes, multitudes fueron testigos elocuentes de los innumerables testimonios fruto de su tarea evangelizadora que siempre estuvo acompañada por los signos.Durante el año 1975, el padre Tardif permaneció mayormente en la parroquia de Nagua, promoviendo los grupos de oración en la pastoral parroquial y empezando a extender esta experiencia renovadora por los campos y pueblos cercanos.

A través de muchas personas, el Señor le había hablado haciéndole saber que lo llamaría a ser testigo de su amor en muchos países del mundo.

En enero de 1976, se celebró en Venezuela el ECCLA en la ciudad de Caracas. Como sucedía cada año, la Renovación Carismática escogió a un grupo de representantes para enviarlos como delegados. Eran alrededor de unos diez, entre los que se encontraban el padre Emiliano, Evaristo Guzmán y María Armenteros.

El grupo dominicano viajó junto y mientras recogían las maletas en el aeropuerto, al padre Tardif se le acercó el sacerdote que organizaba el encuentro, el padre Pedro Drouien, para pedirle un servicio durante el evento.

Sucedió que la persona que estaba programada para ejercitar el ministerio de sanación, en ese entonces el padre Francis McNutt, se había excusado en el último momento por motivo de la muerte de un familiar cercano.

Los organizadores tenían encima la celebración del ECCLA y un encuentro multitudinario en el estadio. Ellos en Venezuela habían escuchado que el padre Tardif tenía el ministerio de sanación. Hasta allí había sonado el eco de lo sucedido en Pimentel y le solicitaron que organizara un equipo para que ofreciera el servicio a los delegados de toda Latinoamérica y al pueblo venezolano.

Este era el inicio de la más grande experiencia que el Señor les había preparado: “Enviarles como misioneros de su amor y su misericordia hasta los confines de la tierra.

Sucedió que en ECCLA, la gente estaba muy desilusionada por la falta del padre McNutt, pero de todos modos, algunas personas se acercaron a este nuevo y desconocido “equipo del padre Tardif” para pedir oración y ahí comenzó el Señor a manifestarse a través de ellos con su inmenso poder y su infinito Amor. Los primeros sorprendidos fueron ellos tres. ¡Cuántas maravillas, cuánta sabiduría, conocimiento, don de consejo! Era como una fuente de agua viva surgiendo de lo profundo del ser de estas tres personas (como narrase una de ellas) y que se ofrecía a las almas sedientas de Dios. Parecía que estaban conectados por una línea invisible que les hacía uno solo. Por otro lado, fue el mismo padre Emiliano al describir el espíritu de unión y de poder en ellos, que lo describió diciendo que parecían “tres teléfonos con una sola línea”.

De repente, entre los delegados de todos los países empezó a regar la voz de las maravillas que Dios estaba realizando a través del “equipo del padre Emiliano”. Y eso les complicó la vida. Esos días lo pasaron orando por una cantidad de hermanos que venían con sus necesidades y para gloria de Dios, recibían grandes bendiciones.

Cuando llegó el congreso abierto al público en el estadio, Jesús se hizo presente con su amor sanador y sanó a muchos enfermos que dieron luego su testimonio.

El padre Tardif, el año anterior en un campo de Nagua, había recibido la palabra de conocimiento la cual, entre los campesinos era muy bien recibida, con mucha sencillez y acogida. Pero en Caracas fue diferente. La gente no estaba acostumbrada a ella y causó mucha sorpresa, y en algunos, duda hasta disgusto. Planearon grabarlo todo para después llamarle la atención al padre Emiliano si no se confirmaban las palabras, pero Dios, en su amor por su pueblo, tenía su plan. Todas las palabras fueron confirmadas una tras otras y aquella grabación fue usada, no para regañar al padre Tardif, sino para glorificar a Dios por sus hechos y sus maravillas.

Hasta ese día, el equipo junto al padre Tardif, no conocían a nadie, ni nadie les conocía a ellos, pero Dios les conocía a todos y sabía cómo guiarles para bien de ellos y del pueblo. Allí en Venezuela, estaban los líderes de todos los países latinoamericanos, quienes conociéndoles a través del ECCLA, empezaron a invitarles poco a poco a predicar en sus diferentes países. Y tal como había sido profetizado, primero en Pimentel, luego en los pueblos, después en las islas, más tarde en Latinoamérica y poco a poco en Europa, Africa, Asia y Oceanía, el nombre del padre Emiliano traspasó las fronteras. El mundo conoció de este hombre de Dios que había sido llamado a ser luz para las naciones.

Y es que evangelizar era la vida del padre Emiliano. En él se había hecho una realidad lo de que la evangelización de todos los hombres es la misión esencial de la Iglesia. “Ella existe para evangelizar”, dice la Evangelii Nuntiandii. En el corazón llevaba el grito de San Pablo: “Ay de mí si no evangelizara” (1 Corintios 9, 16) porque había encontrado el tesoro de un Cristo Vivo que quería compartir con todos sus semejantes.

El grito gozoso del la Pascua fue la característica de la vida y de la evangelización del padre Emiliano: ¡Jesús está vivo! proclamó por todas partes. Su celo evangelizador no cesó durante todos esos años desde su curación hasta el día en que el Señor lo vino a buscar veintiséis años más tarde, y lo encontró precisamente ¡evangelizando!

Por eso en los cinco continentes, multitudes fueron testigos elocuentes de los innumerables testimonios fruto de su tarea evangelizadora que siempre estuvo acompañada por los signos.

Texto extraído del Libro: "Un Hombre de Dios" (por María A. Sangiovanni).